
Los mitos fueron, seguramente, la primera respuesta que dio el ser humano a sus preguntas sobre el mundo, la naturaleza y de sus propias pasiones. Eran narraciones coherentes contadas en forma comprensible para los seres humanos porque aportaban imágenes fantásticas e historiadas, aunque incontrastables por la experiencia, de las preocupaciones y preguntas que hacían los humanos sobre diferentes temas. El conjunto de los mitos griegos formaba una enciclopedia inconexa que ofrecía explicaciones simbólicas del mundo, de su estructura y de diferentes sensaciones humanas.
En los mitos recogen las historias sobre el origen, formación del universo y de las principales fuerzas esenciales; también cuentan la evolución de los seres vivos hasta la aparición del hombre y describen muchos aspectos de la naturaleza humana y de sus pasiones.
El universo surgió a partir del caos, un principio amorfo del que surgieron los primeros dioses y fuerzas elementales, es decir, el caos era el estado primitivo del cosmos. De él salieron Gea (la Tierra) y luego Urano (el cielo) padres de la primera generación de dioses griegos; y, más tarde, Nix (la Noche), Érebo (la Oscuridad) y Eros (el Amor).
El concepto moderno del caos se lo debemos a Ovidio (43a.C.-17d.C.),, quien se refirió a este término como una masa sin forma y sin elaborar (rudis indigestaque moles) a la idea de desorden y confusión que todos conocemos. Parece que después de la separación de Gea del caos, el significado de Caos pasó a entenderse como un vacío que ocupa un hueco en el que se encuadraba el resto de la vida.
Después de que se formaran como, a partir de la tierra y el cielo, aparecieron los mares, todos los seres vivos y, finalmente, los seres humanos. De este modo se dio una explicación mitológica, en gran medida irracional, pero, por otro lado, tan cercana a las teorías científicas como la propia teoría del Big Bang. Creando un marco en el que se conseguían incardinar a los dioses, el Universo, la Tierra y la vida en un proceso creativo que servía de explicación para todos los acontecimientos en los que, de una u otra forma, estaban implicados los seres humanos.
La mitología describe que la aparición del hombre a partir de las guerras entre las sucesivas dinastías de dioses, que fueron numerosas y fueron las fuerzas que provocaron la evolución de ese universo inicial y marcaron las distintas etapas de la evolución. Sucintamente se resume a continuación:
El titan Cronos, hijo de Urano y Gea, derrocó a su padre, se convirtió en el rey y gobernó en la denominada por Hesíodo la Edad de Oro. A Cronos se le identifica con el tiempo cíclico, los calendarios y las cosechas. Cronos sería destronado por Zeus que, ayudado por sus hermanos, hizo la guerra contra Cronos y los titanes. Esta guerra, la Titanomaquia y duró diez años.
Tras el fin de la Titanomaquia, los tres hijos de Cronos se sortearon el poder: Zeus se quedó con el dominio del cielo en medio del éter y las nubes, Poseidón mandaría sobre el mar y Hades reinaría en el tenebroso inframundo y La Tierra, mientras que el Olimpo se quedarían como lugares de dominio compartido.
En ese periodo las fuerzas creativas estaban en los cielos, las aguas y el inframundo, lugar oscuro, sin luz solar y habitado por espíritus y almas de difuntos, pero en la Tierra no había seres inteligentes ni fuerzas creativas. La mitología describe la aparición en la Tierra de seres inteligentes cuando los Dioses repararon en el hecho de que, en la Tierra, solamente existían dioses inmortales y ningún mortal y decidieron crear los seres que la poblaran.
Zeus encargó a los hijos del hábil y preparado Titán Jápeto, que repartiera gracias y fuerzas a las criaturas terrenales. Pero delegó en su hermano Epimeteo, el cual le pidió que le permitiera hacer las adjudicaciones y repartió a cada cual los dones que creyó conveniente. Así fue, como a un animal le dio la belleza, a otro la resistencia, a otro la agilidad, a otro lo hizo pequeño, pero rápido, a otro grande y a otro astuto, etc..
Epimeteo repartió a cada animal la gracia que creyó conveniente. Pero repartió todos los dones entre los animales y dejó al hombre para el final. En consecuencia, el hombre quedó desnudo, indefenso y sin arma, gracia ni fuerza alguna.
Para enmendar esta injusticia, Prometeo, hijo de Jápeto y amigo del hombre, tomó la sabiduría de la diosa Atenea y entregó al hombre la cualidad de la lógica y robó el fuego del taller de Hefesto y se lo regaló a los hombres, que, con el fuego, empezaron a calentarse, a vivir y a crear. Además, Prometeo tomó al género humano bajo su protección y le enseñó todo lo que sabía.
El castigo de Zeus a Prometeo al enterarse de que había dado al hombre dones, con los que se parecían a los dioses y podían competir con ellos, montó en cólera y lo castigó duramente; le hizo encadenar en el monte Cáucaso, en los límites de Universo, donde llegaba todas las mañanas un águila que le comía el hígado, que, durante la noche, volvía a crecerle y el águila tornaba al día siguiente a repetir su cruel tarea. Treinta años más tarde, Hércules liberó a Prometeo de su monstruoso suplicio.
No obstante, Zeus fue el Dios que abrió el camino de la comunicación entre los dioses y los hombres y un acceso a que el hombre pudiera poder asomarse al mundo de los dioses, un mundo complejo, imprevisible, azaroso donde el mundo cambiaba por el capricho de los moradores de Olimpo.
Con los mitos se explicaba, no sólo el origen del universo y la aparición de la humanidad, también se ocupaba otras cuestiones humanas, tanto racionales como pasionales.
Con mitos se representaban cualidades abstractas y valores humanos, como la comodidad, la felicidad, la utilidad, diversión y hacían pedagogía de ellos. Muchos relatos míticos se ocupaban del comportamiento humano como el mito de pandora, otros se referían a relaciones amorosas como los mitos de Eco y Narciso o el de Apolo y Dafne, otros mostraban relaciones más complicadas como los mitos de Afrodita y Ares o el Leda y el Cisne y varios se ocupaban del pecado de Ibris, que cometían aquellos que quisieron alcanzar cualidades divinas o equipararse a los dioses, como lis mitos de Icaro, Sísifo, Atenea y Aracne o Demeter y Perséfone.
El conocimiento racional, que apareció en la Grecia antigua, buscaba la verdad concreta o abstracta por medio de la razón. Platon (427-347 a. C.) buscaba una ciencia del bien en la que, a las cualidades abstractas les daba vida propia al separar el mundo de las imágenes del mundo sensible del mundo las ideas. Pero lo que conocemos como ciencia apareció en la Grecia antigua en los siglos VII-VI a.C. en Jonia, marcando la transición (no instantánea) de las explicaciones míticas a inferencias racionales sobre el cosmos. La ciencia Jónica estudiaba las relaciones del hombre con su entorno y buscaba explicaciones racionales para los fenómenos naturales.
Thales (624- 546 a.C) está relacionado sobre todo, por su famoso teorema con las matemáticas, pero la física de Thales no es matemática. Thales, como otros filósofos jonios Anaxímenes (588-534 a.C.), Anaximandro (610-546 a.C.) e incluso Heráclito (535-475a.C), los grandes pensadores presocráticos, explicaron el origen del universo a partir de causas naturales en lugar de mitológicas. Pero, de alguna manera, estudiaba la realidad a partir de las cualidades abstractas que habían observado en los elementos de la naturaleza. Por eso sus teorías físicas eran cualitativas (en las que no se realizaba ninguna medida) y, por lo tanto, eran difícilmente contrastables.
Trataban de explicar la composición del universo buscando uno o varios principios generadores (el arjé). Thales, considerando la importancia y abundancia de agua en el mundo, consideró que el principio (el arjé) era el agua, Heráclito consideró que, por su fuerza creadora, el principio era el fuego, Anaxímenes pensó que el principio era el aire, más tarde Empédocles añadió el principio tierra. De manera que toda la materia, según se encontraba en la naturaleza, debía tener a s propiedades de estos cuatro elementos y que sus manifestaciones físicas se debían a la proporción que contenían de estos cuatro elementos.
Según esta concepción, la materia tenía en sí misma, su propia fuerza, de alguna forma la materia estaba animada y no precisaba de la contribución de principios vitales extrínsecos. Thales de Mileto afirmaba que todo está lleno de dioses (donde el término dios hay que entenderlo, seguramente, en el sentido de energía, vitalidad.
Estas teorías marcarían posturas filosóficas como el hilozoísmo, que era una concepción filosófica que consideraba la naturaleza como sustancialmente viva y en movimiento. El término hilozoísmo deriva del griego hyle (materia) y zoe (vida), y defiende que la materia no es inerte, sino que posee una fuerza vital y activa en sí misma. En clara consonancia con los filósofos jónicos
Thales pensaba en física que, para él, la vida era la propiedad básica de la physis y se aplicaba, este término para calificar el pensamiento de los milesios, y, en general, de los presocráticos. En el período sofista la physis se contrapone al nomos, como aquello que tiene su razón de ser en sí mismo respecto a lo que procede de un convenio o las leyes, costumbres y normas creadas por el hombre. De ahí que Antifonte (480 a. C. – 411 a. C.) afirmara que mientras las leyes humanas pueden ser transgredidas, las leyes de la physis no pueden serlo.
