
El paso de considerar la electricidad como una curiosidad de la naturaleza a estudiarla como un fenómeno científico supuso una ampliación conceptual en nuestra representación mental del mundo.
En la antigüedad se conocían varios fenómenos naturales relacionados con la electricidad la magnetita o piedra magnesia (Fe3O4) podía atraer objetos de hierro; Tales de Mileto (600 a.C.) observó que el ámbar podía atraer objetos ligeros cuando se frotaba la electricidad. También se conocía la electricidad en forma de descargas desde la antigüedad, como las descargas de a llamada anguila eléctrica (Electrophorus electricus). En el siglo I d. C. Plinio el Viejo, uno de los primeros cronistas del mundo romanos describió en su obra Naturalis Historia, los fenómenos eléctricos, destacando el poder de los peces eléctricos y la electricidad estática. Describió cómo la descarga de un pez torpedo o tronador del Nilo, conocidos actualmente como Peces Gato Eléctricos, podían generar descargas de más de 300 voltios, capaces de aturdir a un pescador. Plinio mencionó los usos medicinales de las descargas de estos peces para aliviar dolores de cabeza en los humanos.
Todos estos fenómenos se consideraban caprichos o anomalías de la naturaleza que afectaban poco a la comprensión global de la misma. Pero en el siglo XVIII se hizo un descubrimiento fundamental: la botella de Leyden, inventada en 1745 por Ewald G. von Kleist (1700-1748) y P. van Musschenbroek (1696-1761). La botella fue el primer tipo de condensador eléctrico. Consistía en un frasco de vidrio recubierto por dentro y por fuera con láminas metálicas, capaz de almacenar cantidades significativas de carga eléctrica estática y producir fuertes descargas semejantes a las de los peces de Plinio o al rayo. En 1752 el norteamericano B. Franklin (1706-1790), con su célebre experimento de la cometa, demostró que la energía de las tormentas y la de las botellas de Leyden eran la misma cosa: descargas eléctricas.
Con la botella de Leyden se dio un paso de gigante en al conocimiento de la electricidad, se había descubierto que la electricidad se podía almacenar, pero se descargaba instantáneamente, con un chispazo y con estruendo y resultaba peligrosa.
Pero en 1800, Alejandro Volta (1745-1827) inventó la pila, que permitió producir una corriente eléctrica no peligrosa, continua y duradera. Con este descubrimiento se realizaron grandes avances en el conocimiento de la materia, se descubrieron nuevos elementos químicos gracias a la electrolisis química. En 1808 H. Davy (1778-1829) descubrió el potasio (k), el Sodio (Na), el Bario (Ba), el Calcio (Ca), el Magnesio (Mg): el Estroncio (Sr) o el Boro (B) por electrolisis lo que convirtió a la electricidad en un instrumento capaz de analizar el corazón de la materia.
La electricidad permitió a Davy inventar, entre 1802 y 1807, la lámpara de arco, que se puso a prueba en la iluminación pública de finales de siglo antes de la aparición de bombilla de Th. Edison (1847-1931). La lámpara funcionaba creando un arco voltaico de luz blanca muy brillante entre dos varillas de carbono que se quemaban lentamente. Esta lámpara, aunque tuvo escasa difusión como alumbrado público, tuvo larga utilización en los proyectores cinematográficos. De hecho, fue muy utilizada hasta bien entrada la década de los sesenta del siglo pasado. En los proyectores se aprovechaba su luz blanca e intensa que se producía entre los electrodos de carbono, dentro de una linterna de proyección.
Otro paso de gigante en el conocimiento de la electricidad de dio a mediados del Siglo XIX en momento que se relacionaron las dos fuerzas misteriosas que se conocían hacía veinte siglos: la electricidad y el magnetismo. Se desarrollaron los primeros generadores electromagnéticos (dinamos) que transformaban la energía mecánica en eléctrica usando inducción magnética. comenzó a principios del siglo XIX, impulsada por el descubrimiento de la relación entre electricidad y magnetismo. En 1821 M. Faraday (1791-1867) creó el primer motor rudimentario produciendo electricidad al mover bobinas dentro de campos magnéticos.
Todos estos avances en el conocimiento de la electricidad eran cuestiones difíciles de encajar dentro ciencia newtoniana, ya que la ciencia de los siglos XVII-XVIII, inspirada en la mecánica de Newton, que concebía el universo como una máquina gigante y compleja formada por materia en movimiento regida por unas leyes físicas fijas. Todo fenómeno debía explicarse por partículas materiales en movimiento.
La electricidad presentaba unos fenómenos difíciles de mecanizar. A comienzos del siglo XIX, muchos descubrimientos clave cambiaron la situación: la pila eléctrica de Volta (corriente continua), la relación entre electricidad y magnetismo de A, M. Ampere (1785-1836), las inducciones electromagnéticas de Faraday eran fenómenos que tenían características difíciles de explicar desde el mecanicismo. No eran explicables como choques de partículas y, aunque actuaban a distancia, como la fuerza gravitatoria, lo hacían de forma continua y especialmente distribuida.
Precisamente fue la acción a distancia por donde entró uno de los principales cambios conceptuales: el concepto de campo, descubierto por M Faraday y formalizado por J. C. Maxwell (1831-1869). Faraday introdujo la idea de campo como una región del espacio donde actúan fuerzas. Esta noción reemplaza la idea de interacción directa entre partículas. Maxwell dio una expresión matemática a estos campos y unificó en unas fórmulas matemáticas la electricidad, el magnetismo y los fenómenos luminosos. El campo electromagnético no era un objeto mecánico, sino una entidad física distribuida en el espacio. La noción de campo apartaba a la electricidad de la descripción mecanicista, basada en acciones a distancia entre cuerpos. Nueva noción de “fuerza” dejaba de ser solo interacción entre masas y pasaba a ser una propiedad del espacio mismo.
Las ecuaciones de Maxwell funcionan incluso son un modelo mecánico claro.
La ruptura con el mecanicismo no fue inmediata, muchos científicos del XIX intentaron reinterpretar el electromagnetismo mecánicamente apoyándose en elementos como el éter para explicar la propagación de ondas en el vacío, otros ideando modelos mecánicos del campo. El paradigma mecanicista siguió siendo dominante durante gran parte del siglo XIX, pero la electricidad dejó planteadas las bases para su superación definitiva, que se consolidará en el siglo XX con: la relatividad la mecánica cuántica.
LA ELECTRICIDAD EN LA LITERATURA DEL SIGLO XIX
En el siglo XVIII se inventaron dispositivos como la botella de Leyden, capaz de almacenar electricidad. La electricidad se veía como una fuerza casi mágica, invisible pero poderosa. En la literatura del siglo XVIII, la electricidad no aparece siempre de forma directa, sino como símbolo, similitud o metáfora. La chispa era una imagen de la inspiración o del genio; la luz eléctrica se asociaba, en este periodo de la ilustración o siglo de las luces, al conocimiento y la razón y, como fuerza invisible que era se podía comparar con las emociones o fuerzas sociales.
La electricidad se abría paso en un mundo mecanicista y fue un ejemplo de la capacidad humana de dominar la naturaleza, se convirtió en la proa del avance y del progreso científico y sustituyó lo mágico por lo racional. Pero todas estas cualidades tenían su cruz. Del entusiasmo de los grandes avances científicos que se iban produciendo con la electricidad se pasó a tenerle cierto temor por asociarla con el mundo fantástico y a relacionarla con problemas inquietantes. Los experimentos de L. Galvani (1737-1798) sobre la electricidad animal y la idea de que la electricidad podía animar la materia, en suma, resucitar a los muertos contribuyeron a despertar ese sentimiento
Con todo esto podemos decir que, en el siglo XVIII, la electricidad no era solo un tema científico, sino un símbolo que en la literatura y en las creencias de buena parte de la sociedad. Representaba el avance del conocimiento, inspiraba metáforas y analogías sobre la mente humana y la sociedad e introducía nuevas preguntas sobre los límites de la ciencia.
Con estas características, la electricidad ayudó a transformar la literatura, conectando la imaginación y las fantasías que se asociaban a la electricidad con los descubrimientos científicos de la Ilustración. Para Voltaire (1694-1778) la electricidad era símbolo del avance de la ciencia, para Diderot (1713-1784) era un modelo del cuerpo y de la mente, para Mary Shelley (1797-1851) un poder inquietante.
La obra representativa es Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley (1797-1851), considerada la primera novela de ciencia ficción moderna obra en que la electricidad da vida a un cuerpo muerto, lo que representa el máximo poder de la ciencia. La novela plantea un dilema de gran enjundia ¿Debe el ser humano jugar a ser Dios?. Pero detrás de esto está la idea del científico peligroso que puede jugar con la naturaleza y la vida a su capricho.
Se pueden hacer muchas consideraciones sobre la visión de la sociedad del siglo XIX sobre el poder de la electricidad. Muchos autores como Edgar A. Poe (1809-1849) o Mary Shelley relacionaban la electricidad con la hipnosis, con fuerzas invisibles o con el espiritismo y asociaban lo eléctrico con energías ocultas con propiedades que estaban en una especie de cuarta dimensión entre ciencia y lo sobrenatural.
En el siglo XIX surge una idea clave: El cerebro funciona con impulsos “eléctricos, Esta creencia influyó en la literatura psicológica interpretando las emociones intensas como descargas. Con esta idea se llega a hacer un uso literario metafórico del sistema nervioso y la conciencia.
Marshall McLuhan (1911-1980) y Brice R. Powers (1909-1992) recogían su obra La aldea global. Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI (1962) una cita de La casa de los siete tejados (1851) del novelista americano N. Hawthorne (1804-1864) que señalaba el impacto que produjo desde el principio el descubrimiento de la corriente eléctrica, en la mentalidad de la humanidad. Dice así:
¿Es un hecho… que, por medio de la electricidad, el mundo de la materia se ha convertido en un gran nervio, vibrando a miles de kilómetros en una milésima de segundo? ¡Más bien, el globo redondo es una vasta cabeza, un cerebro, instinto con inteligencia! O ¿debemos decir que es en sí un pensamiento, nada más que un pensamiento, y ya no la sustancia que creíamos?
La metáfora de Hawthorne, escrita en 1851, es verdaderamente potente. En 1851 había autores que ya no la concebían la Tierra como la masa inerte newtoniana, sino como un nervio vibrante, alimentado por electricidad.
